Una de las iniciativas que más satisfacción nos ha dado en nuestra participación en la mesa comunitaria de Butarque es «Butarque deja huella»: una línea del tiempo que reúne la historia del barrio y la convierte en una experiencia compartida. Diseñada por el artista Daniel Tornero, ha tomado la forma de un puzle que invita a interactuar, descubrir y seguir construyendo colectivamente la memoria del territorio que habitamos.

Reconstruir la historia entre todas

Al comienzo del curso 2024/2025, desde Redes por el Clima nos involucramos en el diseño de «Butarque habitable», una estrategia a medio plazo para fortalecer una identidad compartida y un sentimiento positivo de pertenencia al barrio. Una de las necesidades que identificamos fue conocer y reivindicar su historia: recuperar las transformaciones del territorio y las experiencias de quienes lo han construido.

Empezamos con un mapeo colaborativo de hitos históricos y cambios en el barrio, junto con las vecinas del Centro de Mayores La Platanera y las asociaciones vecinales Los Rosales y AVIB. A sus recuerdos y saberes sumamos la investigación de documentación histórica y la colaboración del proyecto «Paleo en el barrio», del Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC.

El resultado es una historia tejida con distintas voces y formas de conocimiento, en la que la memoria vecinal dialoga con las huellas del paisaje y la investigación.

Las huellas del territorio

Las piezas del puzle recorren el origen de los nombres de los lugares, los yacimientos paleontológicos y arqueológicos, los caminos históricos y las vías pecuarias. También recuperan el trazado de arroyos y manantiales desaparecidos, las antiguas huertas y el proyecto del canal del Manzanares, que aspiraba a conectar Madrid con el Tajo y, desde allí, con el océano Atlántico.

Aparecen, además, las fábricas que marcaron el paisaje industrial, la historia del primer ferrocarril madrileño y las trincheras del frente de la Guerra Civil. Son capas de una historia rica y diversa que nos permiten mirar el barrio con otros ojos.

Lo que más nos ha sorprendido en este recorrido es la persistencia de las marcas del territorio. Aunque cambien los edificios y los usos del suelo, las trazas de un arroyo, una vereda o una antigua actividad siguen ayudándonos a comprender la forma y el carácter de Butarque.

La memoria de las reivindicaciones

Al llegar a la posguerra, la memoria viva de las vecinas ocupa un lugar central. Sus relatos nos acercan a la construcción de la zona norte del barrio durante la década de 1950, cuando llegaron familias procedentes del sur de España a un entorno todavía rural e industrial.

Las condiciones de vida eran precarias. Para conseguir infraestructuras y servicios públicos, las vecinas y vecinos se organizaron y formaron asociaciones. Con el tiempo, el barrio creció hacia el sur, rodeando y sustituyendo instalaciones industriales que quedaban obsoletas en un contexto de creciente presión urbanística.

Las familias llegadas más recientemente a la zona sur habitan bloques modernos, pero siguen reclamando servicios básicos. Al escuchar unas experiencias y otras, nos sorprende cuánto se parecen las reivindicaciones de distintas generaciones y cuánto se prolongan las esperas ante la respuesta de la Administración.

Entonces, como ahora, la respuesta vecinal pasa por hacer piña: organizarse, defender sus derechos y trabajar en común para mejorar la vida en el barrio.

La huella que seguimos dejando

Mientras construíamos esta línea del tiempo, descubrimos el doble sentido de «Butarque deja huella». Por un lado, nos invita a reconocer las señales del pasado que permanecen en el territorio. Por otro, nos recuerda que quienes habitamos hoy el barrio también dejamos nuestra propia huella.

Recogemos la herencia de quienes nos precedieron y la enriquecemos con las aportaciones de quienes llegan. Así seguimos construyendo, en comunidad, el paisaje urbano, cultural y social que queremos para nuestro futuro. Por eso el puzle no es una historia cerrada, sino una herramienta para seguir preguntando, escuchando y compartiendo.

Desde Redes por el Clima entendemos que conocer el territorio es también una forma de cuidarlo. Reconocernos en una vereda, en el trazado de un arroyo o en una lucha vecinal fortalece el sentido de pertenencia y el orgullo de barrio. Esa memoria compartida es también un punto de apoyo para defender nuestro entorno y organizarnos frente a los efectos del cambio climático a escala local.